Soneto del Ahorcado




El beodo narraba dificultosamente,
con hipos de agonia y vahos de aguardiente:
El, residuo de hombre, sin vigor ni decoro,
era el unico dueno de un singular tesoro.

Y vi en su mano torpe, tal como una serpiente
de escamas de oro puro, la trenza reluciente:
su tesoro romantico, su reliquia - aunque ignoro
de quien era la trenza de cabellos de oro.

Y una noche de lluvia se colgo de una rama,
y un rechinar de dientes epilogo su drama
de recorrer a tientas las brumas del alcohol.

Y alli lo vimos todos, al inflamarse el dia,
y en su cardeno cuello la trenza relucia
cual si se hubiese ahorcado con un rayo de sol!

José Angel Buesa



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